En la Alemania nazi -1933-45- se hizo dogma-credo (Joseph Goebbels) que una mentira repetida, con vehemencia y reiteración, termina siendo verdad en la mente de miles de esperanzados en un porvenir, una promesa, o no pocas veces; hastiados, cansados o atrapados en un momento de crisis o en la espera de un mesías falso. Esto último, lo encarnó el fascismo vía sus dos siniestros exponentes: Mussolini y Hitler.

Los efectos tóxicos de la propaganda atosigante

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En la Alemania nazi -1933-45- se hizo dogma-credo (Joseph Goebbels) que una mentira repetida, con vehemencia y reiteración, termina siendo verdad en la mente de miles de esperanzados en un porvenir, una promesa, o no pocas veces; hastiados, cansados o atrapados en un momento de crisis o en la espera de un mesías falso. Esto último, lo encarnó el fascismo vía sus dos siniestros exponentes: Mussolini y Hitler.

Hoy todo ese credo o armadura propagandística se podría traducir en percepción pública artificiosa o marketing político atosigante porque en el fondo se vale del mismo recurso: vender una idea e instalarla -verdad o mentira- en la psiquis de miles y; en consecuencia, alienar seguidores-teledirigidos que repiten y repiten una idea, una imagen o un propósito, pero jamás un programa de ideas...

Y no es que el discurso político propagandístico sea malo per se, siempre que no se centre en un salvador o redentor, sino que no llegue a lo subliminal o al fanatismo; y de ahí, a la intolerancia aniquiladora que mutila o calla al que difiere o disiente.

Hay que procurar abrazar causas, ideas y propuestas dando cabida a la expresión de los demás y que sea una cierta racionalidad la que guíe el debate y no un desequilibrio en la emisión de mensajes-propaganda, pues, al final, el producto será una de dos: la impostura de una mentira o el nacimiento de un alucinado disfrazado de redentor.

Hace poco en nuestro país, 2020, vivimos un ejemplo palpable del fenómeno. Por un lado, un noviciado que, con buenas intenciones, cayó víctima del síndrome de propaganda atosigante -quererlo imponer, en el imaginario colectivo, día y noche- y terminó viéndose artificioso; y por el otro, el de un aspirante que se montó en una ola mediática bajo una consigna y un cansancio. Al final, venció el aire de Cambio -quizás, como tituló Sartori su último libro-ensayo “La carrera hacia ninguna parte”- como efecto del cansancio y de ver las mismas caras-ministros y unos avances tangibles, pero que no se supo, “propagandísticamente”, fijar en el colectivo de la gente que en una ola -Marcha verde y percepción pública-mediática- se fue con la corriente.

Precisamente, se trata de evitar ese accidente o fenómeno tóxico en la escala de un partido, pues, como se observa, vía marketing político y persuasión -de redes sociales y mensajes repetitivos-, en vez de un ejército de propagadores de ideas programáticas tendríamos una legión de idólatras que propagan y venden una imagen, un rostro, pero nunca un programa que trascienda una campaña política interna o nacional. En fin, hay que tener cuidado con lo artificioso y la propaganda atosigante. ¡Ojo, pues!