Ocurrió una de esas tardes calurosas, como casi todo el año, en Dajabón. Era una de esas charlas en las que el padre Roberto Alonzo se inspiraba para que sus estudiantes de locución supieran lo que tendrían entre manos. El padre se refería a la importancia, además del correcto uso del idioma, de ser precisos al hablar.

Lo que se dijo, dicho está

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Ocurrió una de esas tardes calurosas, como casi todo el año, en Dajabón. Era una de esas charlas en las que el padre Roberto Alonzo se inspiraba para que sus estudiantes de locución supieran lo que tendrían entre manos.

El padre se refería a la importancia, además del correcto uso del idioma, de ser precisos al hablar. Nosotros, sus estudiantes, habíamos llegado a la emisora atraídos por esa especie de fascinación de hablar en una cabina para que mucha gente pudiera escucharnos, en muchos casos, a muy gran distancia.

Roberto Alonzo tenía muy claro que debía insistir para desmontar el mito de esa fama que enamoraba a tantos. Él, imbuido de la filosofía ignaciana, se empeñaba en que sus discípulos entendiéramos que, desde la comunicación, y más específicamente desde la locución, se requería aplicar eso de “en todo, amar y servir”.

Por eso Roberto, muy especialmente aquella tarde, se empeñó en que entendiéramos tanto el valor y el poder de la palabra como la repercusión de su buen o mal uso.

Así fue como, después de muchísimas explicaciones y citas, después de hablar sobre el compromiso de estar “ante un micrófono” o de dirigirse a un público y hasta a una persona, escogió una breve y contundente frase para resumir la clase de ese día: “lo que se dijo, dicho está”.

Parece que estamos necesitando volver a las cátedras del sacerdote que una buena mañana, al concluir el análisis de un texto bíblico, me separó del grupo para preguntarme: ¿te gustaría hacer un curso de locución?

Como muestra sirve el caso en que unos jóvenes, a modo de chercha, ofenden a una trabajadora doméstica mientras limpia en un restaurant de comida rápida, registrando en video y difundiendo el episodio. Luego, cuando el agravio “se hace viral” y, prefiero creer que, cuando provoca cierta dosis de vergüenza y su correspondiente reproche en la familia, se procede a pedir excusas y a intentar enmendar por las redes lo que ya se hace imposible recoger.

Pero hay más: así como ocurre con esos mozuelos, no es extraño que suceda con un legislador, reincidente por demás, al hacer alardes de estar “arma’o y con cuartos”. Y la historia se reedita: luego de que “se hace viral”, como para eso están hechas las excusas y parece que no hubo un Roberto Alonzo que advirtiera, se vuelve a pedir disculpas.

Si antes de que existieran las redes sociales virtuales era necesario tomar en cuenta que “lo dicho, dicho está”, ahora, cuando cualquiera con acceso a internet y un equipo sencillo hace saber y hasta puede lograr más impacto, informado o desinformando, que cualquier gran cadena internacional, la advertencia que pone título a este breve escrito adquiere mucho mayor valor, pertinencia y utilidad.

Todo ha evolucionado, todo sigue cambiando. Y para que los cambios sean sostenibles, la comunicación es determinante. Si bien es cierto que ella no es “curalotodo”, también es cierto que se trata de la única herramienta para provocar entendimiento entre las personas. Cualquier otra vía podría darnos una impresión parecida, pero no pasaría de ser subyugación, sometimiento, manipulación, entre otros métodos parecidos.

Por eso ahora, ante tanta gente creyendo que “comunicar” es lo mismo que “decir”, se ha vuelto urgente que entendamos que se trata de eso que nos mantiene humanos.

Siendo así, la comunicación es algo que necesitamos aprender para bien usar. Es algo que implica colocar en el centro a quien recibirá el mensaje. Es algo que implica caer en la cuenta de que mensajes, sentimientos, pensamientos y acciones forman parte de un proceso que incluye consecuencias.

No es imprescindible que todas las personas estudiemos comunicación. Lo que sí es imprescindible es que nos empeñemos en entender que mientras mejor conozcamos esa facultad humana, mayores serán las oportunidades para lograr objetivos sostenibles, y mucho más amplia será la posibilidad de mejorar la convivencia.

Finalmente, vale recordar que hacer es la mejor manera de decir. En consecuencia, en ambos casos es sumamente recomendable que primero pensemos en sus posibles consecuencias. Eso será de valiosísima ayuda para evitar que en nuestra memoria resuene: lo que se dijo, dicho está.