¿Has sentido seguidilla? ¿Has vivido ese deseo incontenible que te ordena seguir, seguir y no parar? ¿Qué tal los resultados? ¿Solo disfrute o también lamento? El término “seguidilla” tiene varios significados. En el ámbito de la literatura, se refiere a una estrofa de cuatro o siete versos pentasilábicos o heptasilábicos combinados de diversas maneras. También se conoce con ese nombre un baile popular español. Y se conoce además como seguidilla una sucesión de hechos parecidos.

Como la comezón, la seguidilla entretiene

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¿Has sentido seguidilla? ¿Has vivido ese deseo incontenible que te ordena seguir, seguir y no parar? ¿Qué tal los resultados? ¿Solo disfrute o también lamento?

El término “seguidilla” tiene varios significados. En el ámbito de la literatura, se refiere a una estrofa de cuatro o siete versos pentasilábicos o heptasilábicos combinados de diversas maneras. También se conoce con ese nombre un baile popular español. Y se conoce además como seguidilla una sucesión de hechos parecidos.

Las preguntas iniciales, evidentemente, están referidas a esa tercera acepción. Y es que, además de que eso retrata alguna experiencia que posiblemente esté muy fijada en la memoria, una simple revisión nos ayudará a entender que en nuestra sociedad abunda mucho la seguidilla.

Para entenderlo sirve de ayuda revisar lo que ocurre con casos de feminicidio, agresiones por casos simples de tránsito, modalidades de robo y otras formas de delinquir, entre otros muchos hechos que se convierten en noticia con alta frecuencia.

Tomemos como muestra el muy sonado caso de agresión ocurrido en Baní durante la noche del recién pasado 31 de diciembre. Como se habrá de recordar, una muy ligera colisión entre dos vehículos terminó convertida en acontecimiento que ha sido “comidilla” durante las tres primeras semanas del año. Dos semanas después, otro hecho muy similar, esta vez en Boca Chica, también se convierte en noticia.

Situaciones parecidas, y hasta con más potencial para trascender, ocurren con una frecuencia muy alta en casi todas partes. Pero el primero de estos casos contó con algunas características que marcaron su devenir. Para solo citar algunas, notemos que el hecho quedó grabado en video, ese video comenzó a circular en una fecha en que la generalidad de la gente ha dormido menos de lo habitual y se maneja en un ambiente matizado por las felicitaciones y los parabienes de Año Nuevo. Es decir, se trata de un contenido que contrasta con lo más común para la fecha.

Pero lo más determinante es que la grabación llegó a manos de alguien que sí sabía del uso que se podía dar al material, orientándose hacia cierto propósito. Y ese alguien contó con la ayuda de mucha gente que no lo sabe, pero ayuda a lograr el objetivo de ese alguien.

Y, bueno, como se dice que “los pensamientos son libres”, a alguien se le podría ocurrir que pienso que el video no debió ser difundido. Nada más alejado de la verdad. Solo estoy tomando el caso como muestra por la trascendencia que el tema ha logrado, a pesar de que existen otros muchos casos tan sonoros (en su momento) como importantes para la mayoría de la población.

Podrán ser nuevas las redes sociales (virtuales); las análogas (familia, compañeros de labores, compañeros de estudios, vecinos) son también redes sociales, pero las nuevas dan la impresión de haber desplazado el rol de las tradicionales. Regularmente no se cae en la cuenta de ello, ni mucho menos se tiene idea de la compartimentación que una vez tuvieron los contenidos a compartir en determinadas redes sociales (de esas antiguas).

El tema ha sido estudiado desde hace mucho tiempo. Para 1987, Jesús Martín-Barbero publicaba “De los medios a las mediaciones”. En esa obra, el intelectual nos cuenta que “la civilización industrial no es posible sin la formación de multitudes, y el modo de existencia de éstas es la turbulencia”. El estudioso de la comunicación, la cultura y las ciencias sociales nos remite a aportes de Gustave Le Bon, autor de “La psychologie de foules” (La psicología de las multitudes), de finales del siglo diecinueve, obra que Martín-Barbero considera el primer intento "científico" por pensar la irracionalidad de las masas.

Mientras que el psicólogo israelí Daniel Kahneman, autor de la obra “Pensar rápido, pensar despacio”, publicada en el 2011, explica que “una manera segura de hacer que la gente se crea falsedades es la repetición frecuente, porque la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad”. 

Como podemos notar, se trata de tiempos muy complejos. Se trata tiempos en los que “todos comunicamos para todos”, pero no todos podemos identificar cuando somos tomados de “pentontos”, así como tampoco podemos reparar en que estamos siendo convertidos en víctimas de una seguidilla que, como la comezón, puede terminar muy mal.