De entrada, aclaro que de ninguna manera estoy pretendiendo ni promoviendo desestimar la importancia de quienes han escogido como profesión el estudio de la salud mental o de la conducta humana. Más bien, visto que el común de las personas tenemos gran indisposición a admitir cuando necesitamos ayuda en esos ámbitos, sugiero que quizás cierto “autoexamen” terminaría por servirnos para entender la importancia del apoyo profesional para estar realmente bien.

Autoexamen del “tutú”

AGUAJERO DIGITAL

De entrada, aclaro que de ninguna manera estoy pretendiendo ni promoviendo desestimar la importancia de quienes han escogido como profesión el estudio de la salud mental o de la conducta humana.

Más bien, visto que el común de las personas tenemos gran indisposición a admitir cuando necesitamos ayuda en esos ámbitos, sugiero que quizás cierto “autoexamen” terminaría por servirnos para entender la importancia del apoyo profesional para estar realmente bien. Recordar, para solo poner un ejemplo, que antes de la pandemia se decía que una de cada siete personas tiene algún problema de salud mental, es más que suficiente para asumir el tema con la entereza que amerita.

Como ayuda para el referido autoexamen, muy bien puede servir lo ocurrido con las principales redes sociales virtuales al inicio de esta semana. Como es sabido, tanto Facebook como el resto de aplicaciones propiedad de la compañía, entre ellas Instagram, WhatsApp y Messenger, colapsaron durante varias horas.

Algunos conocedores del tema ofrecieron explicaciones. Hablaron, entre otras cosas, de fallos en los DNS, en alusión a los mecanismos que traducen los nombres de dominio que todos usamos como facebook.com, para que podamos acceder a su interior. Otros dijeron que se trataba de algo más profundo, que tenía que ver con el “enrutamiento BGP”, refiriéndose al protocolo mediante el cual los routers de los proveedores de internet saben cómo enviar los paquetes de red.

El asunto es que, durante varias horas se vivió un particular trastorno que se manifestó de diversas formas. La inmensa mayoría buscó desesperadamente alternativas que permitieran mantener lo que se ha convertido en rutina: enterarse y hacer saber de todo por las redes sociales virtuales. Pero también hay quienes encontraron una especie de remanso y hasta oportunidad para retomar métodos más tradicionales y humanos para estar en comunicación con sus redes sociales análogas.

Con tan amplio y diverso abanico de reacciones, un autoexamen puede incluir preguntas que ayuden a entender hasta dónde llega nuestro nivel de dependencia de la tecnología, en sentido general, y de las redes sociales virtuales, en sentido particular.

¿Cómo reaccionaste durante el “apagón de redes”? ¿Cómo te sentiste durante esas horas? ¿Cuántas veces habrás revisado tu dispositivo para saber si habían “regresado”? ¿Encontraste medios alternativos para comunicarte? Si los encontraste, ¿cómo valoras la comparación entre unos y otros? ¿Tuviste tiempo para sustituir la virtualidad por la presencialidad? ¿Has realizado un balance general de la experiencia? ¿Cuánto tiempo soportarías sin redes sociales virtuales? ¿Cuánto tiempo soportarías sin internet?

Para el común de la gente, si algo ocurre, pero no aparece en las redes sociales virtuales, es como si no hubiese ocurrido. Y todavía más, esa vía para la exposición sirve para presentar como real lo que no lo es. Dicho de manera más directa, se trata de una poderosa vía para simular. Desde el uso de los famosos filtros hasta una gran diversidad de artimañas sirven para condicionar sentimientos, pensamientos y acciones de gran parte de la humanidad.

Algunos se han atrevido a expresar que “no hay vida sin redes sociales”, refiriéndose a las virtuales. Hasta solemos olvidar que la historia de Facebook comenzó en octubre de 2003, hace menos de veinte años. A Mark Zuckerberg se le ocurrió crear un entretenimiento con el que sus compañeros de Harvard juzgaban el atractivo de otros estudiantes y hacían rankings.

Eso que para la inmensa mayoría es pasatiempo, medio para reencontrarse con personas o para recordar aniversarios, entre otras muchas “utilidades”, para Zuckerberg, por un fallo de algunas horas, implicó desde caída de 5% en la cotización en bolsa hasta pérdida calculada en más de seis mil millones de dólares.

¿Hasta dónde dependen nuestras emociones de lo que aparece en las redes sociales virtuales? Comparemos las redes (con menos de veinte años) con el agua (cuya edad nos antecede por mucho como humanidad). Nos han explicado cómo se va agotando el agua potable en el planeta. ¿Qué nos atormenta más, que falte el agua o que se caiga una red?

Dependiendo de las respuestas a estas y otras muchas preguntas, se tiene un claro indicativo de si lo que necesitamos es autoexamen o urgente ayuda profesional.